
Kucingku (conocido hoy como Cahaya) era un tranquilo pueblo costero en el mundo de InZoi, lleno de pequeñas casas coloridas que miraban hacia el agua suavemente ondulante. En cada casa comenzaba una historia: familias que reían juntas, trabajaban y vivían su día a día.
La familia Jansen se levantaba temprano. El padre, Lucas, caminaba hasta el mercado de Kucingku para comprar pescado fresco y verduras, mientras la madre, Anna, preparaba a los niños para ir a la escuela. Su hijo Tim corría por las playas, mientras su hermana pequeña Lotte recogía conchas en la orilla. Todo era ordenado, pero nunca aburrido: en Kucingku siempre ocurría algo nuevo.
En la esquina de la calle se encontraba el pequeño café de la familia Martens, donde el aroma del pan recién horneado y del café llenaba el aire de la mañana. Los vecinos se detenían para charlar y los niños jugaban en las suaves calles de arena. Allí, la familia Jansen aprendió que la vida en InZoi no giraba solo en torno a su pequeña casa: se trataba de compartir, ayudar y estar juntos.
Por las tardes, se trabajaba, se jugaba y se cuidaba de que todo permaneciera ordenado. Los niños aprendían lo que significaba formar parte de una comunidad, mientras daban forma a sus sueños y planes: quizá una pequeña tienda en el muelle, un nuevo pasatiempo o una aventura a lo largo de la costa.
Y cuando el sol se ponía, las familias se reunían en la plaza del pueblo o junto al agua. Hablaban, reían y compartían historias sobre su día. Así era la vida en Kucingku, al estilo InZoi: tranquila pero animada, sencilla pero especial — un lugar donde cada día se podía encontrar un poco de magia en lo cotidiano.

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Desmond y Molly en el pequeño pueblo urbano
En un pequeño pueblo urbano, donde las calles eran estrechas y las fachadas coloridas, comenzó la vida cotidiana pero especial de Desmond y Molly.
Cada mañana, Molly se levantaba temprano para atender su puesto de flores en la esquina de la calle. Arreglaba ramos de colores vibrantes y se aseguraba de que los aromas de rosas, lirios y girasoles se mezclaran con el aire fresco de la mañana. Las personas sonreían al pasar, atraídas por su amabilidad y la belleza de las flores.
No muy lejos de su puesto, Desmond trabajaba en un pequeño local de comida, famoso por sus baguettes crujientes y sus sopas aromáticas. Conocía a los clientes habituales por su nombre, los atendía con una sonrisa y disfrutaba del ritmo de cocinar y hornear.
Un día, sus caminos se cruzaron. Un cliente del local de Desmond pasó por el puesto de Molly, compró un ramo y convenció al tímido Desmond de entregárselo. Lo que Desmond no se había atrevido a hacer al principio, ocurrió de todos modos. Sus miradas se encontraron y hubo una conexión inmediata: cálida, amistosa y juguetona. Desde ese momento, el ritmo diario del pequeño pueblo urbano también se convirtió en el ritmo de sus encuentros: una sonrisa a la luz de la mañana, una charla a la hora del almuerzo y, poco a poco, un sentimiento de unión que iba más allá de la rutina diaria.
Así comenzó la vida de Desmond y Molly: sencilla y animada, llena de baguettes, flores y pequeños momentos rebosantes de amor. El pequeño pueblo urbano quizá era desconocido, pero para ellos se convirtió en el lugar donde la vida realmente comenzó.
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